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PT HM Sampoerna Tbk

  Las almas no tienen pies que se sepa.   José Saramago. Los vicios son así, es inútil tratar de entenderlos. José María tenía 35 años, hacía deporte, comía sano, estaba felizmente casado, tenía dos hijas chiquitas, ganaba bien y le gustaba su trabajo. La única mancha en su idílica vida estaba en sus pulmones. José María probó su primer cigarrillo a los doce, aceptando un desafío de su primo mayor, Tomás, que adoraba molestar a sus parientes en navidades y cumpleaños familiares. Como casi todo fumador novato, se vio preso de un ataque de tos tremendo después de la primera pitada. Ataque, que, claro, disparó la carcajada de Tomás. Después de hacerlo un par de veces más para ganar el reconocimiento de su primo y para mostrarse intrépido ante sus amigos, se dio cuenta de que lo disfrutaba. Le gustaban los fantasmas de humo que dibujaban sus exhalaciones, la minúscula luz que se creaba al encender el cigarro, la sensación del polvillo en sus manos, pero por sobre todas las cosas, ...
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botellitas

  A diferencia de muchos, Juan se dio cuenta al instante de que estaba muerto. Sintió un despertar extraño, liviano e inmaterial. Y como quien se percata de que afuera llueve, descubrió que sus días de vivo habían llegado a su fin. Se despertó en un cama, que resultaba pequeña para su metro noventa de estatura, en una minúscula cabaña de madera que no tenía ningún otro mueble o adorno. Se levantó, confundido, y vio por la ventana un jardín boscoso que era atravesado por un arroyo cristalino. Salió por la única entrada del cuarto y lo sorprendió el sol que le iluminaba la cara. Recorrió las inmediaciones del lugar y descubrió que su cabaña se encontraba a la mitad de un camino que discurría paralelo a la corriente del regato. Levantó la vista y vio a ambos lados una eterna sucesión de casitas idénticas a la suya que parecía carecer de comienzo y final. Caminó sin prisa ni extrañeza durante un buen rato. Juan había estado una vez en coma, y en esa oportunidad había visto en una venta...

Tipo orgulloso de sus duraznos

  Jorge sabía diferenciar los 47 tipos de duraznos que había en el país. Jamás titubeaba un segundo al clasificarlos, y se ofendía muchísimo con cualquiera que le dijera despectivamente que todos eran iguales y tenían el mismo sabor. La única vez que estuvo detenido en la comisaría fue cuando, un poco bebidos los dos, se fue a las manos con don Álvarez por una discusión sobre el Pavie Catherine, pero en un pueblo chico los policías son contemplativos con los viejos papeloneros, y los dejaron ir sin mayores inconvenientes. Como buen fanánitco de la fruticultura, hace varios años se dedicaba con esmero a su propia plantación de duraznos. Pasaba horas estudiando técnicas de cultivo y de protección, y se las ingeniaba de cualquier manera para conseguir una mejora constante en cuanto a coloración, tamaño y sabor.  Un buen día, como quien se despierta, se mira al espejo, se ve canoso y se da cuenta de que es viejo, Jorge decretó, sin un ápice de arrogancia en su tono, que sus durazn...

Premoniciones

  Matías era contador y estaba harto de su trabajo. Esa mañana se levantó tarde y no le quedó más remedio que salir a la calle en ayunas. Había sido, antaño, una persona alegre y optimista. Pero el desencantamiento de la vida monótona que había elegido a los 18 había hecho mella en él, y poco quedaba de la simpatía que lo había caracterizado. Ahora era un tipo muy apesadumbrado y excesivamente nervioso, que intentaba con ahínco rehuir todas las aglomeraciones que fueran posibles. Joaquín estaba en cuarto año de arquitectura, y esa noche había dormido poco tratando de terminar una maqueta. Con ojeras, preocupado por el extenso viaje que le esperaba hasta la facultad y las dificultades que trae andar con algo tan frágil en el transporte público, salió de su casa sabiendo que tenía por delante un día largo. Mientras salía de su departamento, Matías vio cómo se le escapaba el último micro que lo dejaba a horario en su oficina. A esa altura del mes su presupuesto no resistía un taxi, de...

Tránsito Pesado

La Bifurcada supo ser una compañía próspera que durante varios años pudo darse el lujo de no hacer malabares en el cierre del balance. La habían fundado cinco amigos hace poco más de una década; Martín, Laura, Micaela, Esteban y Rodrigo. El emprendimiento inició como una simple mueblería de barrio, que al principio vendía a amigos y familiares que compraban más por compromiso que por fe en la calidad de los productos. Tras unos años de buenas gestiones y bastante suerte, La Bifurcada se convirtió en distribuidora de varias oficinas corporativas y diseñadora de muebles exclusivos para los clientes de gustos más refinados. Ante tal perspectiva de éxito, a los amigos no se los comió el anhelo de poder ni la avaricia, y supieron combinar las peripecias del trabajo con el vínculo que los había unido mucho antes de ser colegas. Para no aburrirnos ni perder tiempo en relatar la inevitable y sostenida decadencia de la empresa, diremos solamente que esa noche se habían reunido los cinco para di...

Historia de dos libros

Quiso la casualidad que después de 15 años sin vernos nos encontráramos en Francia. Mercedes y yo habíamos sido buenos amigos cuando empezamos la secundaria, y como muchos buenos amigos nos alejamos sin conflictos, sin discutir, simplemente dejamos de tenernos en cuenta. Ella vivía en Bruselas hace varios años, y había aprovechado una semana de franco para recorrer París. Yo estaba usando mis vacaciones de verano, verano sureño, para conocer, por fin, Europa. Me enteré de casualidad, por amigos en común, de que los dos estábamos en la ciudad luz, y cuando empecé a tratar de contactarla recibí un mensaje suyo. Nos vimos a la tarde en un café de Montparnasse y charlamos horas recordando tiempos mejores, como si nunca hubiéramos perdido el contacto. Tenía un poco oxidado el español, se le notaba en las erres y las ges, pero seguía siendo la misma persona tranquila y simpática que había conocido a mis trece. Cuando miramos la hora y nos dimos cuenta de que el encuentro estaba terminando, n...

Un viaje al este

Todos los miércoles de ese marzo soñé lo mismo. Íbamos por una ruta arbolada, hacía calor y estábamos cansados. En un momento teníamos que desviarnos por un corte en el camino, entrábamos a una curva larga y bordeábamos un aeropuerto aparentemente vacío. Nada más en esos sueños era memorable, y si la escena no se hubiera repetido tantas veces, seguramente hoy no estaría contando esta historia. Siempre tuve una conexión especial -quizás una obsesión- con los sueños. Durante toda mi vida me fue difícil dejarlos pasar sin tratar de entenderlos. Más de una vez tomé una decisión importantísima basándome en una interpretación rebuscada de alguna imagen que se me presentó mientras dormía. Mi método me dio (casi) siempre buenos resultados. Pasé muchas horas buscando en internet algún aeropuerto similar, hasta que me convencí de que no existía. Seguramente tomé prestada la imagen de alguna película, o de algún edificio que, por tamaño y forma, pudiera parecérsele. Ese sueño dio pie a otros que ...