Ir al contenido principal

botellitas

 A diferencia de muchos, Juan se dio cuenta al instante de que estaba muerto. Sintió un despertar extraño, liviano e inmaterial. Y como quien se percata de que afuera llueve, descubrió que sus días de vivo habían llegado a su fin.

Se despertó en un cama, que resultaba pequeña para su metro noventa de estatura, en una minúscula cabaña de madera que no tenía ningún otro mueble o adorno. Se levantó, confundido, y vio por la ventana un jardín boscoso que era atravesado por un arroyo cristalino. Salió por la única entrada del cuarto y lo sorprendió el sol que le iluminaba la cara. Recorrió las inmediaciones del lugar y descubrió que su cabaña se encontraba a la mitad de un camino que discurría paralelo a la corriente del regato. Levantó la vista y vio a ambos lados una eterna sucesión de casitas idénticas a la suya que parecía carecer de comienzo y final. Caminó sin prisa ni extrañeza durante un buen rato. Juan había estado una vez en coma, y en esa oportunidad había visto en una ventana empañada por la neblina una construcción pequeña que no tardó en identificar como la chocita en la que amaneció.

El aura de la eternidad se percibía inescrutable e indetenible en la primera mañana de su muerte, cuando vio sin alarmarse a una mujer que metía los pies en las aguas del arroyo, protegida del sol por la sombra de los álamos.


_ Buen día.

_ Buen día. Bienvenido. __ Respondió la mujer.

Había en su voz cierta artificialidad, cierta disonancia extraña que a Juan le resultó curiosa. Decidió esperar, paciente, a que ella comenzara a hablar.


__ ¿Sabés dónde estás?_ Dijo ella.

_ Creo que sí.

_ Esto es lo que tantos milenios pasaron discutiendo los de allá. Da igual cómo te encuentre la muerte, cada uno, sin importar lo que haya hecho, amanece en un lugar que le resulta apacible. Para algunos es la cima de una montaña, existen los que se levantan en inmensas metrópolis, arrullados por el sonido que hacen las multitudes al caminar. Otros, como vos y yo, aparecemos en un interminable desfile de casas que bordean un arroyo.

__ ¿Vos sos mi anfitriona, o algo por el estilo?_ Preguntó, Juan, fascinado.

_No_ Dijo la mujer esbozando una risita._ Soy la primera persona a la que encontraste, y parece que a mí me toca explicarte lo poco que sé de estos mundos.


La charla siguió por horas - o por minutos, Juan no podía saberlo, ahí no había relojes- La mujer, que resultó llamarse Svetlana, relató, como mejor pudo, el funcionamiento del lugar. Juan se enteró de que ahí no hacía falta comer ni dormir, y que uno, invariablemente, siempre se encontraba bien de salud. Se asombró al comprobar que cualquier golpe que recibiera no producía el más mínimo dolor ni daño. Svetlana le hizo saber que todos los habitantes del entorno podían comunicarse a la perfección, sin importar los idiomas que hubieran dominado en vida. Y entonces Juan comprendió que la extrañeza de su voz no era otra cosa que la traducción metalizada del ruso.


Con el paso de los días, Juan encontró la muerte bastante similar a la vida. Contrario a lo que había pensado, recordaba cada momento de su etapa anterior. Pensó en sus hijas, que lo esperaban en casa cuando tuvo el choque que lo envió a su nuevo hogar. Pensó en su mujer, con la que aún convivía pero con quien ya no hablaba. Pensó en su trabajo inconcluso, como buen perfeccionista que era. Y pensó en millones de cosas más, con el tiempo libre que se consigue al estar muerto, pero el primer recuerdo, el de Carmen y Sofía fue el más persistente.


Es mentira, totalmente mentira que los padres no tienen un hijo favorito (yo por suerte soy hijo único). Los cuatro últimos años, desde la llegada de Sofía, habían sido, para Juan, los mejores de su existencia.

Carmen había nacido doce años antes, en un invierno álgido, y a pesar del afecto mutuo que tenía con su padre por el lazo de sangre que los unía, los dos sabían perfectamente que no congeniaban. Juan tuvo la certeza, desde el primer instante en el que vio a su segunda hija, que las cosas entre ellos iban a ser distintas.


Desencantado de la primera impresión que provoca estar muerto, Juan, que aún no descubría un pasatiempo con el que sobrellevar la eternidad, empezó a escribirle una carta diaria a su Sofía. No se puede decir que estuviera triste, sabía que ya no tenía ningún sentido recriminarse el accidente. Estaba muerto. Cualquier apelación a tan categórico fallo era inútil.

 Le hablaba a su hija del hermoso bosque en el que se encontraba, de cómo el tipo de árboles cambiaba, cada tanto, de la noche a la mañana. Trató de dibujar los peces de colores que saltaban en cardúmenes después del anochecer. Le contaba sus días y sus noches, teniendo la esperanza de que Sofi supiera que se acordaba de ella.


Una tarde, nadando en el arroyo con el único objetivo de matar el tedio, se encontró con Svetlana.

Allí no se estilaban las formalidades usadas en vida. Apenas la vio, Juan le preguntó:

__¿Hay alguna manera de comunicarse con los afectos del tiempo pasado?

Svetlana lo miró, esbozando una sonrisa compasiva, y le contestó en un tono bajo de voz:

__ Todos hemos tratado. No, no se puede.


Lo más irreal del lugar en el lugar, y lo único a lo que Juan no lograba acostumbrarse, era la falta de ciclicidad . Había noches que duraban dos días, y días que duraban dos noches. A veces los árboles formaban una alameda por semanas enteras, y de un momento a otro se convertían en un bosque de jacarandas.


En el último tiempo (no hablaremos de semanas ni meses, porque por la falta de previsibilidad era imposible medir los días), por el cauce del arroyo habían empezado a aparecer frutas, flores cajitas de madera, libros que parecían no marchitarse al contacto con el agua, y una variedad amplísima de los más insólitos y variados objetos.

Juan los contemplaba intrigado, y en cuanto se percató de que, cada tanto, sin ningún orden lógico, se repetía exactamente la misma secuencia de cosas, supo que había encontrado su pasatiempo eterno.


Tomó todas las cartas que había escrito para Sofi. Las puso en varias botellitas de vidrio, las ató con un hilo que encontró y las puso a flote. Comprobó con éxito su teoría, cada cierto tiempo veía pasar frente a su cabaña las 53 botellas de vidrio unidas. Desde ese momento se dedica a esperar que las encuentre su hijita, que seguramente algún día va a vivir su muerte en otra cabañita al borde del mismo arroyo.


Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

PT HM Sampoerna Tbk

  Las almas no tienen pies que se sepa.   José Saramago. Los vicios son así, es inútil tratar de entenderlos. José María tenía 35 años, hacía deporte, comía sano, estaba felizmente casado, tenía dos hijas chiquitas, ganaba bien y le gustaba su trabajo. La única mancha en su idílica vida estaba en sus pulmones. José María probó su primer cigarrillo a los doce, aceptando un desafío de su primo mayor, Tomás, que adoraba molestar a sus parientes en navidades y cumpleaños familiares. Como casi todo fumador novato, se vio preso de un ataque de tos tremendo después de la primera pitada. Ataque, que, claro, disparó la carcajada de Tomás. Después de hacerlo un par de veces más para ganar el reconocimiento de su primo y para mostrarse intrépido ante sus amigos, se dio cuenta de que lo disfrutaba. Le gustaban los fantasmas de humo que dibujaban sus exhalaciones, la minúscula luz que se creaba al encender el cigarro, la sensación del polvillo en sus manos, pero por sobre todas las cosas, ...

Tipo orgulloso de sus duraznos

  Jorge sabía diferenciar los 47 tipos de duraznos que había en el país. Jamás titubeaba un segundo al clasificarlos, y se ofendía muchísimo con cualquiera que le dijera despectivamente que todos eran iguales y tenían el mismo sabor. La única vez que estuvo detenido en la comisaría fue cuando, un poco bebidos los dos, se fue a las manos con don Álvarez por una discusión sobre el Pavie Catherine, pero en un pueblo chico los policías son contemplativos con los viejos papeloneros, y los dejaron ir sin mayores inconvenientes. Como buen fanánitco de la fruticultura, hace varios años se dedicaba con esmero a su propia plantación de duraznos. Pasaba horas estudiando técnicas de cultivo y de protección, y se las ingeniaba de cualquier manera para conseguir una mejora constante en cuanto a coloración, tamaño y sabor.  Un buen día, como quien se despierta, se mira al espejo, se ve canoso y se da cuenta de que es viejo, Jorge decretó, sin un ápice de arrogancia en su tono, que sus durazn...