Todos los miércoles de ese marzo soñé lo mismo. Íbamos por una ruta arbolada, hacía calor y estábamos cansados. En un momento teníamos que desviarnos por un corte en el camino, entrábamos a una curva larga y bordeábamos un aeropuerto aparentemente vacío.
Nada más en esos sueños era memorable, y si la escena no se hubiera repetido tantas veces, seguramente hoy no estaría contando esta historia.
Siempre tuve una conexión especial -quizás una obsesión- con los sueños. Durante toda mi vida me fue difícil dejarlos pasar sin tratar de entenderlos. Más de una vez tomé una decisión importantísima basándome en una interpretación rebuscada de alguna imagen que se me presentó mientras dormía. Mi método me dio (casi) siempre buenos resultados.
Pasé muchas horas buscando en internet algún aeropuerto similar, hasta que me convencí de que no existía. Seguramente tomé prestada la imagen de alguna película, o de algún edificio que, por tamaño y forma, pudiera parecérsele. Ese sueño dio pie a otros que me interesaron mucho menos, de la misma manera en que ese marzo dio pie al abril más aburrido que recuerdo, un fiel anticipo de lo que sería el resto del año. Durante los meses que faltaban para la llegada del verano, alguna que otra vez, y como un intruso en medio de ensoñaciones sobre viajes a la luna y pesadillas de secuestros, se colaba la escena del auto tomando la curva y encontrándose con el aeropuerto.
Llegando a diciembre, terminando un año que no había sido muy bueno para ninguno de los cinco, con mis amigos decidimos, por fin, hacernos tiempo para cumplir uno de nuestros anhelos de la infancia. Dedicamos buena parte de nuestro ratos libres a organizar un viaje al este. Reservamos la cabaña más chica y barata que encontramos y nos fuimos ligeros de equipaje para que todos los bártulos entraran en el auto.
La semana anterior a irnos, cuando ya tenía la valija armada y contaba ansiosamente los días que faltaban, el sueño no solo volvió a hacerse recurrente, sino exclusivo. Las 7 noches previas a la partida solamente soñé con el mismo recorte de menos de un minuto que empezaba a hartarme.
Me esforcé por no darle importancia y decidí resignarme. Me prometí no retomar la búsqueda del aeropuerto, ni seguir buscándole simbolismos al asunto. No tenía ningún sentido preocuparme por una estupidez así a solo unos días de estar en el lugar que desde chicos habíamos fantaseado con conocer.
Llegado el día, salimos bien temprano, según lo previsto. Emiliano, el dueño del auto, nos dijo que intentaría manejar todo el trayecto. No nos sería fácil convencerlo de lo contrario y no insistimos.
Después de haber parado media hora a almorzar, y cuando habíamos recorrido más de la mitad del camino hasta El Ciruelo, el pueblito donde íbamos a hacer noche, Emiliano empezó a sentirse muy mal; tuvo que bajar a la banquina para poder vomitar. De nada servía ofrecerle que paráramos; estábamos en el medio de la nada y nos faltaban unos 500 kilómetros para llegar. Tras dos paradas más en menos de cien kilómetros, Emiliano se rindió y me dio el volante. Logró descansar un rato pero no parecía mejorar. Nos faltaba todavía un buen trecho cuando empezaba a caer la noche.
Estábamos hartos de tanto viaje interrumpido, de tanto tiempo perdido por estar parados en la banquina, y cada vez más preocupados por nuestro amigo. Evaluamos la idea de parar a dormir en el primer hotel de paso que encontráramos, pero nuestro presupuesto no se podía permitir perder el valor de una reserva, pues ya habíamos pagado el alojamiento en El Ciruelo. Además, Emiliano, se opuso enérgicamente. Así que seguimos viaje, parándonos de vez en cuando para que el enfermo pudiera vomitar de nuevo o airearse un poco. Disimulaba su malestar, pero nosotros, que lo conocíamos, sabíamos que la estaba pasando muy mal.
Después de un rato, El GPS me ofreció una ruta alterna con la que supuestamente nos ahorraríamos media hora. Después de una consulta rápida decidimos tomarla. En esa situación, media hora era una eternidad.
Pisé el acelerador a fondo, éramos el único vehículo en el camino. Estábamos muy cerca de llegar, y como siempre pasa en esa etapa de los viajes, el tiempo parece ir a una cuarta parte de su velocidad normal.
Faltando noventa y ocho kilómetros para el destino me tuve que desviar a la izquierda por un árbol caído en la ruta.
Y entonces lo entendí, después de casi un año lo entendí, aunque me negara a creerlo. Sabía perfectamente lo que estaba a punto de ver. La curva apareció sin sorpresa, ensanchándose cada vez más. Después lo vi perfectamente, iluminado por la luna. A la derecha los árboles, que solo en ese momento advertí que eran álamos, y a la izquierda el aeropuerto: Inmenso, apagado, vacío. Simplemente no lo podía creer. Tanta casualidad era imposible. Mi primer impulso fue parar, bajarme y ver de cerca la monstruosidad del predio. Pero debo confesar que me faltó valor. Nunca me había enfrentado tan de cerca con un sueño. En ese momento sentí un ruido raro, e inmediatamente después el impacto en el costado y el auto saliendo violentamente de la calzada. Salimos a gatas los cinco, el vehículo había quedado ladeado sobre el lado derecho. Esteban y Pedro parecían muy lastimados. Los demás estábamos bien. Me paré a buscar el teléfono para llamar a la ambulancia. En la ruta no había ningún auto, ni árbol, ni nada que se le pareciera a un aeropuerto.
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