Jorge sabía diferenciar los 47 tipos de duraznos que había en el país. Jamás titubeaba un segundo al clasificarlos, y se ofendía muchísimo con cualquiera que le dijera despectivamente que todos eran iguales y tenían el mismo sabor. La única vez que estuvo detenido en la comisaría fue cuando, un poco bebidos los dos, se fue a las manos con don Álvarez por una discusión sobre el Pavie Catherine, pero en un pueblo chico los policías son contemplativos con los viejos papeloneros, y los dejaron ir sin mayores inconvenientes. Como buen fanánitco de la fruticultura, hace varios años se dedicaba con esmero a su propia plantación de duraznos. Pasaba horas estudiando técnicas de cultivo y de protección, y se las ingeniaba de cualquier manera para conseguir una mejora constante en cuanto a coloración, tamaño y sabor.
Un buen día, como quien se despierta, se mira al espejo, se ve canoso y se da cuenta de que es viejo, Jorge decretó, sin un ápice de arrogancia en su tono, que sus duraznos eran perfectos. No existía, según él, manera humana o mecánica posible de mejorarlos.
Desde ese entonces, la vida de Jorge consistía en levantarse y observar su cosecha, y claro, probarla, también. Se negó con vehemencia a venderlos, contradiciendo los pedidos de su mujer y de sus hijos. Afirmaba que eran piezas de museo, y aseveraba que el único beneficio de comerciarlos sería conseguir que se vuelvan ordinarios.
Es así que mientras sus hijas crecían, sus años pasaban, su mujer enfermaba y moría, y nacían sus nietos, él pensaba en lo orgulloso que estaba de sus duraznos.
Jorge murió siete años y tres meses después de la declaración de perfección, intoxicado por monóxido de carbono. Viudo, con sus hijos ocupados y viviendo en la ciudad, olvidó apagar la hornalla con la que había elaborado el dulce con el que untaría sus tostadas a la mañana siguiente.
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