Matías era contador y estaba harto de su trabajo. Esa mañana se levantó tarde y no le quedó más remedio que salir a la calle en ayunas. Había sido, antaño, una persona alegre y optimista. Pero el desencantamiento de la vida monótona que había elegido a los 18 había hecho mella en él, y poco quedaba de la simpatía que lo había caracterizado. Ahora era un tipo muy apesadumbrado y excesivamente nervioso, que intentaba con ahínco rehuir todas las aglomeraciones que fueran posibles.
Joaquín estaba en cuarto año de arquitectura, y esa noche había dormido poco tratando de terminar una maqueta. Con ojeras, preocupado por el extenso viaje que le esperaba hasta la facultad y las dificultades que trae andar con algo tan frágil en el transporte público, salió de su casa sabiendo que tenía por delante un día largo.
Mientras salía de su departamento, Matías vio cómo se le escapaba el último micro que lo dejaba a horario en su oficina. A esa altura del mes su presupuesto no resistía un taxi, de manera que no le quedó otra opción que afrontar su miedo y bajar a las entrañas de la ciudad para tomar el metro. La noche anterior había dormido mal a causa de una pesadilla recurrente que lo molestaba desde la adolescencia. Soñaba que estaba en la cima de un edificio altísimo, y que tras un pitido extraño se abría el suelo y comenzaba una interminable y dolorosa caída, en la que atravesaba todos los pisos hasta llegar al subsuelo, donde caía encima de algún pobre infeliz que estaba sacando su auto. De ahí, como puede suponerse, provenía su terror a los subterráneos.
A pesar del cansancio, Joaquín estaba acostumbrado a la precisión, y a la hora de siempre estaba esperando el subte junto al andén. Era una persona sumamente obsesiva, y aún más pesimista. Había dedicado un mes en la elaboración de la maqueta del rascacielos para su trabajo final de Urbanismo 1. Estaba convencido de que su profesora, con la que nunca había congeniado, encontraría algún defecto minúsculo para desaprobarlo. "El día está destinado a ser un fracaso", le dijo a su hermana mientras ella se cepillaba los dientes y él atravesaba, ojeroso, la puerta de su casa.
Matías, muy nervioso y aún más apurado, estudió rápidamente el mapa de la línea de subte. Debía permanecer en el vagón durante diez estaciones y después caminar unas ocho cuadras. No le importaba. En ese momento, dadas las circunstancias, era la mejor opción. Subió.
Joaquín encontró lugar en su ubicación preferida, en el asiento del extremo de la fila, al lado de la puerta de la unidad. Contemplaba, orgulloso, su creación. Se había esmerado muchísimo en ese proyecto, y a pesar de la tremenda importancia que tenía, no había podido abstenerse de incluir su sello característico. En todas y cada una de las maquetas que había presentado en sus años de cursado camuflaba un soldadito de plástico y lo hacía protagonista de las situaciones más bizarras o trágicas que se le ocurrieran. Cuando la tarea fue diseñar una casa con amplio jardín, el soldadito estaba en el fondo de la piscina. Cuando tuvo que presentar el aeropuerto, el juguete tenía pegado un chicle recubierto de cinta adhesiva, que simbolizaba, claro, un chaleco repleto de explosivos plásticos. En ese edificio administrativo de cuarenta pisos, el muñequito estaba en el subsuelo, sobre el techo de un autito gris. Mientras se sonreía, recordando todas estas ocurrencias y tratando de elegir la más ingeniosa, lo distrajo un tipo vestido de traje que parecía aterrado de estar en el vagón.
Cuando Matías subió, no quedaban asientos libres. Resignado, pero no por eso más tranquilo, se agarró fuerte de la baranda del techo, sabiendo que su nerviosismo era tremendamente notorio para todos los que lo veían.
Mariela era periodista, y como casi todos los pasajeros que viajaban en el subte a ese horario, estaba yendo a trabajar. Faltaban dos paradas para su destino, cuando se escuchó un pitido fuertísimo y el tren se detuvo en seco. En ese momento, un hombre, que desde que subió parecía a punto de desmayarse, salió corriendo y a los gritos hacia la puerta, suplicando que lo dejaran salir. En el camino tropezó con un maletín y fue a aterrizar sobre la maqueta de un edificio que un pobre pibe llevaba en el regazo.
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