Quiso la casualidad que después de 15 años sin vernos nos encontráramos en Francia.
Mercedes y yo habíamos sido buenos amigos cuando empezamos la secundaria, y como muchos buenos amigos nos alejamos sin conflictos, sin discutir, simplemente dejamos de tenernos en cuenta.
Ella vivía en Bruselas hace varios años, y había aprovechado una semana de franco para recorrer París. Yo estaba usando mis vacaciones de verano, verano sureño, para conocer, por fin, Europa.
Me enteré de casualidad, por amigos en común, de que los dos estábamos en la ciudad luz, y cuando empecé a tratar de contactarla recibí un mensaje suyo. Nos vimos a la tarde en un café de Montparnasse y charlamos horas recordando tiempos mejores, como si nunca hubiéramos perdido el contacto. Tenía un poco oxidado el español, se le notaba en las erres y las ges, pero seguía siendo la misma persona tranquila y simpática que había conocido a mis trece.
Cuando miramos la hora y nos dimos cuenta de que el encuentro estaba terminando, nos dimos cuenta de que a los dos nos había parecido correcto hacernos un regalo: libros. Sabíamos que con eso no podíamos equivocarnos. Yo me arriesgué con un clásico que tenía pendiente, esperando que ella tampoco lo hubiera leído: Historia de dos ciudades. Ella me dio uno que no había escuchado nombrar jamás; La biblia de barro.
Nos reímos de la coincidencia, y tras decirnos que ninguno había leído el libro que regalaba, nos despedimos. Pero antes de eso le mostré una manía mía. Siempre firmo mis libros en la primera página y les pongo la fecha y el lugar donde empiezo a leerlos. De manera que La biblia de barro quedó entintado con "Felipe Cañizares, 11/1/2018, París." Mercedes se río de mi costumbre y me contó que ella les dibujaba una flor en la última hoja. Nos pareció absolutamente natural combinar los métodos. Así que agregué una flor improvisada al final, y ella la leyenda "Mercedes Freile, 11/1/2018, París.
Salimos los dos a la calle y nos dimos cuenta de que teníamos que compartir metro durante unas estaciones. Esos quince minutos de gracia nos sirvieron para charlar sobre cómo el tiempo es infinitamente más lento en esas latas transportadoras de humanos apresurados. La voz del altoparlante anunciando Saint Germain des Pres la sorprendió y la obligó a despedirse más rápido de lo que nos hubiera gustado, sabiendo que probablemente nos estuviéramos despidiendo para siempre. Se paró de un salto y con su español envejecido y una sonrisa me dijo "Qué lindo fue verte, nos vemos". Y los dos sabíamos que ese saludo era una mentira...
Me quedaba un buen rato en el metro que iba a aprovechar para pensar cómo algunas personas no se envuelven en las alteraciones que tiñe el recuerdo, cuando reparé en la bolsa de papel madera en el asiento de mi izquierda. Me quedé mirando el paquete con mirada perdida, sabiendo perfectamente qué era. Mercedes, en el apuro por bajarse en esa estación había dejado el libro que acababa de regalarle. Quiso la mala suerte que mi celular se hubiera quedado sin batería, de manera que me fue imposible avisarle en el momento. Con bronca (no con ella, sabía que no había sido a propósito) guardé el libro en la mochila y esperé otra media hora hasta llegar a la estación que estaba en la esquina del hotel.
Cambié mi punto de concentración y pasé todo lo que quedaba de camino pensando en cómo la vida puede ser tan hija de puta a veces.
Llegué a mi habitación, enchufé el celular, me duché y cuando salí
Mercedes me había vuelto a ganar con el mensaje. Vaya un a saber por qué estaba tan enojado con esa casualidad ingrata de que hubiera perdido el regalo. Me hizo mucha ilusión buscar una librería con títulos en español y pensar un rato en qué libro podría gustarle. Tengo que confesar que el extravío me amargó por unas buenas horas mi entusiasmo por estar recorriendo las ciudades sobre las que había pasado horas leyendo en mi infancia.
Me preguntó si se había olvidado la bolsa en el asiento. Me pidió disculpas y me pidió que por favor se lo enviara por correo a su casa en Bélgica. Habíamos revisado nuestros itinerarios, pero no nos daban los horarios para volvernos a encontrar. Yo tenía que tomar un avión a Madrid desde Orly muy temprano al día siguiente, y ella volvía a su casa desde el mismo aeropuerto a las cuatro de la tarde.
Que sí, que por supuesto, le respondí. Que no se preocupara, que con lo distraído que soy era raro que no se me hubiera olvidado a mí.
Dormí poco en mi última noche en París, aunque un poco más tranquilo con la idea de enviar el libro por correo. Me demoré mucho en armar las valijas y seguía tratando de entender si la ciudad mítica que había conocido en medio de una nevada tremenda me había gustado o no.
Me desperté sorprendido por la hora. No había escuchado el despertador, pero desde recepción tuvieron el buen tino de llamar a la habitación insistentemente hasta que contestara. Le había comentado al empleado aragonés que atendía en el turno de la mañana los detalles de mi vuelo. Aprovechó para recomendarme visitas y excursiones en la capital de su patria, y gracias a Dios el día en que tenía que irme recordó lo que le había contado y se dio cuenta de que si no me iba de inmediato perdería el avión.
Agarré mi equipaje, que por suerte estaba preparado, y me fui lo más rápido que pude, sin lavarme los dientes ni desayunar, no sin antes agradecer con una propina a Manuel por ahorrarme un tremendo disgusto.
Llegué al aeropuerto con pocos minutos de sobra, pero con tiempo, al fin. Después de hacer los trámites de migraciones y pasar por los escáneres de seguridad, un jugo de naranja me bastó y sobró como desayuno. Me senté a leer La Biblia de Barro mientras esperaba que se habilitara el embarque. Tan metido estaba en la lectura que no me di cuenta del cambio en la puerta de abordo, y ese día me salvé por segunda vez de perder mi vuelo cuando escuché mi nombre en los altoparlantes anunciando un último llamado para embarcar el B011 a Madrid.
La nueva puerta estaba bastante lejos, y salí corriendo como un loco. Después de tantas emociones fuertes en poco tiempo, pude subir al avión y dormí desde el despegue hasta el aterrizaje.
Madrid me recibió con un tiempo menos hostil y con el calor que da que la gente hable tu mismo idioma. Me llevó un buen rato llegar de Barajas hasta mi hotel en la Gran Vía. Tenía hambre y no quise seguir alargando mi antojo de paella. Me senté en un restaurant pintoresco y cuando terminé salí a perderme por las callecitas de El Foro. Me encontré en cada esquina una ciudad luminosa, en la que el sol se hacía presente de a ratos y obligaba a uno a desprenderse la campera.
La noche me envolvió rápido, y decidí volver al hotel para organizar el que sería mi primer día completo en la ciudad. Fue en ese momento cuando recibí el mensaje que habría de cambiar la consideración de la vida que había forjado la noche anterior en el metro de París. Mercedes me envió una foto sin epígrafe. Entre dos asientos, con el señalador en la página 23 había encontrado La biblia de Barro. Su vuelo despegó desde la plataforma donde iba a salir el mío originalmente. Se ve que en el apuro por llegar a tiempo el libro se me cayó, y entre todas las personas que podrían haberlo visto, fue Mercedes.
En ese mismo momento supe que no le iba a enviar Historia de dos ciudades por correo, y decidí agregar Bruselas a mi itinerario.
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