La Bifurcada supo ser una compañía próspera que durante varios años pudo darse el lujo de no hacer malabares en el cierre del balance. La habían fundado cinco amigos hace poco más de una década; Martín, Laura, Micaela, Esteban y Rodrigo. El emprendimiento inició como una simple mueblería de barrio, que al principio vendía a amigos y familiares que compraban más por compromiso que por fe en la calidad de los productos.
Tras unos años de buenas gestiones y bastante suerte, La Bifurcada se convirtió en distribuidora de varias oficinas corporativas y diseñadora de muebles exclusivos para los clientes de gustos más refinados.
Ante tal perspectiva de éxito, a los amigos no se los comió el anhelo de poder ni la avaricia, y supieron combinar las peripecias del trabajo con el vínculo que los había unido mucho antes de ser colegas.
Para no aburrirnos ni perder tiempo en relatar la inevitable y sostenida decadencia de la empresa, diremos solamente que esa noche se habían reunido los cinco para discutir un plan de reducción brusco de la compañía, a fin de frenar las pérdidas que cada día se volvían más incontrolables.
Lo que no logró el éxito lo consiguió el fracaso. La amistad entre los cinco estaba poco menos que quebrada, y en los últimos años se había convertido en una subsistencia hostil entre capitanes que peleaban por el timón de un barco en pleno naufragio.
Esa noche de viernes decidieron reunirse en un restaurant que se sabía poco concurrido y tranquilo. El edificio donde estaban las oficinas les parecía cada vez más deprimente, y hace unos meses trataban de evitarlo si era posible.
La primera en llegar, la única realmente puntual, fue Laura. Tuvo que esperar la razonable cantidad de diez minutos hasta que apareciera Martín, con quien empezó a esbozar sus ideas para una retirada pacífica de lo que alguna vez fue un imperio mobiliario.
Un rato después entró Rodrigo, con el malhumor que lo había caracterizado desde la infancia, quejándose del tráfico y del choque entre un taxi y un colectivo que lo había demorado tanto.
Cuando los tres estaban todavía saludándose, apareció Macarena, igual de molesta por el corte de calle que la hizo pasar más de media hora buscando estacionamiento. Esperaron un poco más a Esteban, por cortesía. Pero por esas épocas a ninguno le sobraba paciencia, así que no tardaron mucho en pedir la cena. Lo llamaron para ver dónde estaba y cuánto le faltaba, pero no respondió. Él siempre había sido, desde chico, el más impuntual del grupo. Los años habían hecho que sus amigos se resignaran a sus tardanzas, y ya no se molestaban en rogar su presencia. Los cuatro eligieron una comida liviana, sabiendo que la charla que se aproximaba les podía provocar una indigestión potente.
Todavía no llegaban las bebidas cuando se acabó la camaradería de cartón que precede a cada reunión entre partes en conflicto. Macarena sacó un juego de fotocopias lleno de gráficos y colores, y las repartió entre sus compañeros mientras decía "esto es lo que debe hacerse". El gesto le cayó mal a los otros tres, y por un segundo se aliaron para criticarla. Macarena rectificó, sabiéndose acorralada y expuso la idea un poco más calmada. La primer escaramuza parecía haberse resuelto por la vía de la diplomacia.
Martín insistió después, con impresión de no haber escuchado nada de lo que se había dicho antes, en una estrategia arriesgada y ofensiva que implicaba invertir una fuerte suma de dinero para mantener vivas a las divisiones que se pretendían clausurar. En vano gastó tanto tiempo en tratar de convencer a sus socios. Ninguno estaba dispuesto a poner un peso más en la empresa que habían creado juntos. Preferían enfocarse en los otros negocios que la prosperidad les había permitido abrir a lo largo de los años.
La cordialidad entre Macarena y Laura, que supieron acompañarse en un mundo repleto de hombres, se había desgastado por acérrimas diferencias en cuanto al control de la empresa, y desde hace casi dos años mantenían una relación exclusivamente profesional y de lo más distante. Eran, de hecho, las que más se cruzaban en las juntas. Los años las habían convertido en el agua y el aceite. Sabiendo esta historia, a nadie le extrañó que Macarena demorara menos de 30 segundos en interrumpir a Laura cuando quiso explicar sus ideas, a lo que ésta respondió con una serenidad tremenda, llevándose el índice a los labios y mirándola por un buen rato sin pestañear.
Entre tanto, Esteban seguía sin dar señales de vida, y esto comenzaba a exacerbar cada vez más los ánimos de los cuatro reunidos. Más de una vez había faltado a una reunión de directorio por considerarles innecesarias o de baja trascendencia. A veces era un tipo irritablemente tranquilo, casi pasmoso. Su filosofía de vida se resumía en nunca mover una pieza hasta el último momento. Era también increíblemente necio, -seguro de sí mismo, según él-, y cuando realmente estaba en desacuerdo con lo que le decían, era la persona más irónica del mundo. Esa personalidad tajante le había hecho perder algún que otro amigo, y recibir algún que otro golpe en la cara a lo largo de los años. Sus compañeros se habían armado siempre de paciencia y buena voluntad para aguantarlo, pero la crisis de la empresa había aumentado su descontento con él, y en los últimos meses había quedado muy aislado de los demás, que cada vez le prestaban menos atención a su altanería. Se había mostrado bastante reacio con ésta reunión, pero ante la insistencia de sus socios y amigos (que a decir verdad ahora eran mucho más socios que amigos), respondió que les haría el favor de ir.
Inútil, y poco entretenido, sería relatar ideas de salvataje de una gran mueblería, así que las obviaremos. Solo diremos que la cena, que había tenido hasta ese momento picos de tensión muy altos, donde el volumen de la discusión rozaba el de los gritos, se había calmado un poco. Decidieron hacer una tregua y comer tranquilos mientras esperaban que Esteban se dignara a aparecer. No estaban realmente apurados, pues no era el objetivo de la reunión tomar una determinación esa misma noche. Durante una media hora hubo un clima distendido en el restaurant, que a pesar de ser una imitación mediocre de los buenos viejos tiempos, fue el trato más cordial que habían tenido en meses. Cuando llamaron por última vez a Esteban y se convencieron de que no iba a llegar, Laura le dio un trago largo a su aperol y dijo, con la calma que la caracterizaba:
--Esteban no puede seguir siendo jefe en esta empresa. ¿Están de acuerdo?
Al principio la miraron, incrédulos, intentando digerir el peso de su propuesta. Hasta que, para sorpresa de todos, su némesis, Macarena, dijo:
-- Tenés razón. Hace muchísimo que es un cero a la izquierda. Llega a la oficina a las diez de la mañana, no hace nada para traer nuevos clientes, no le interesa estar en las reuniones, y para colmo nos trata mal, como como si nosotros fuéramos los equivocados. Pensé que no íbamos a poder tratar el tema esta noche, pero me alegra que lo hayas planteado. Esteban no está para nada comprometido con la empresa, tiene otros intereses y no se molesta en disimularlo. Tenemos que pensar seriamente en sacarlo de la junta directiva.
Rodrigo, con aire de haber masticado un buen rato sus palabras, empezó diciendo:
__Aunque me cueste decirlo, creo que sería una buena decisión. Para nosotros, para la empresa, y hasta para él mismo. Esteban no muestra ningún interés en salvar La Bifurcada, y hoy realmente me ha decepcionado al no venir. Para mí, esta es la gota que colmó el vaso. Todos hicimos esfuerzos y movimos cosas para poder estar hoy acá, todos nos fumamos el tráfico de mierda que había en la avenida. Y yo la verdad estoy cansado de que me traten de pelotudo. Yo sé que hemos sido amigos y socios por muchísimo tiempo, pero no encuentro un solo motivo para permitirle seguir teniendo derecho a voto en esta compañía. Él se ha desentendido siempre, y mucho más en el último tiempo, de los asuntos que queman. Me sumo a ustedes dos, chicas. Voto por sacar a Esteban de la cúpula directiva de la empresa.__
Todos miraron instintivamente a Martín, queriendo saber su parecer. Él había sido siempre el más cercano a Esteban, y esperaban una de sus típicas reacciones coléricas ante la idea que acababan de plantear. Pero eso no ocurrió, se lo notaba realmente compungido.
Después de un rato, se aclaró la garganta y dijo:
__No puedo estar a favor de sacarlo. Es prácticamente mi hermano. Es el padrino de mi hijo. Sé que eso no tendría que importar a la hora de los negocios, pero la verdad que no dormiría nunca más tranquilo haciendo esto.__
Después de un rato, dijo mientras se levantaba y dejaba unos billetes en la mesa:
__ Pero ustedes han tomado una decisión, y son mayoría. Entiendo sus motivos. Buenas noches.
Después de saludarlo, Laura, Macarena y Rodrigo se quedaron un rato más en la mesa, y estuvieron de acuerdo en dejar pasar el fin de semana para notificarle a Esteban su decisión. La degradación de su amigo fue la única resolución firme que tomaron en la reunión. Media hora después no quedó nadie en el restaurant.
La mañana del sábado siguiente, los cuatro, sin saberlo, siguieron una rutina parecida. Se levantaron alrededor de las nueve, se ducharon sin prisa y se sentaron a desayunar. Cuando prendieron la televisión o el celular para enterarse de las noticias matutinas, en todos los diarios y noticieros el título principal era la muerte de un reconocido empresario mobiliario, a raíz de un choque entre un colectivo y un taxi, que había causado estragos en la avenida de la Libertad la noche anterior.
Comentarios
Publicar un comentario