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Mostrando las entradas de enero, 2021

Crash.

  Caminaba mirando al piso, distraído, como siempre, con los auriculares mal puestos. Vaya uno a saber qué estaba escuchando. En eso estaba, con mi costumbre de no usar las veredas, cuando vi unos lentes huérfanos en el medio de la calzada. Nadie a la derecha, nadie a la izquierda, nadie cerca con aspecto de ojos esforzados.  Empecé, entonces, a pensar qué hacer. Hice una lista rápida de los conocidos que vivían por esa zona. Ninguno usaba anteojos.  Los seguí mirando, con más detenimiento y análisis esta vez. Eran lentes de mujer, marco negro de plástico. ¿De anciana o de niña?. De anciana, asumí. Me imaginé a una señora cansada, a una hipotética dueña preocupada por el costo de los anteojos, pensando dónde los había perdido, sacando cuentas, analizando qué tendría que dejar de comprar este mes para poder pagar la factura de la óptica, que no suele ser barata. La imaginaba deseando que alguien (¿yo?) los encontrara y se los devolviese.  No sé cuánto tiempo habré est...

La demora espejada. (Título provisorio)

No recuerdo la dirección del edificio, pero me esperaban en el piso 83. Nervioso, como siempre, como cualquiera que acude a un llamado urgente, reconocí uno de los pocos, ascensores del tan transitado edificio. A los tumbos, corriendo un poco más y pidiendo disculpas, conseguí entrar en el elevador atiborrado. La gente se fue bajando conforme el ascensor subía, la mayoría antes de los primeros quince pisos. Cuando llegamos al 22 quedé solo. Bajó el penúltimo pasajero, un tipo alto de bigote, al que la edad le había pasado una suntuosa factura. Desde ahí en adelante finalizaban los departamentos corporativos y comenzaban los residenciales. Al parecer, mi trayecto desde el vigésimo segundo hasta el octogésimo tercero sería unipersonal. O eso pensaba, hasta que paró en el 32. Me ladeé para dejar entrar a quien hubiera detenido al elevador, cada vez más preocupado por mi cada vez más inoportuna demora. Seguí esperando pero no entró nadie. Molesto por la impaciencia del solicitante, toqué ...

Villa Estévez #1

  El único médico que atendía en el Villa Estévez intentó cerrar el consultorio después de una larga jornada de trabajo. La llave se trabó en la cerradura. Todos sus gritos fueron inútiles, pues los vecinos estaban lejos y lo creían fuera del pueblo hasta el lunes. En su desesperación, se dejó caer contra la pared sollozando y empezó a charlar con la paciente que había fallecido la semana pasada. -Hay cosas que ni usted pudo curar- le dijo ella- Hay cosas que nunca se curan.

La persistencia de las miradas.

  Supo sostenerme la mirada, Rebasó los límites de lo socialmente aceptado, parecía estar midiéndome. Se acercó, irrespetuosa, y me contempló con la misma fijeza pero ahora desde mucho más cerca. Haciendo caso omiso de mis advertencias, me ladró.