Caminaba mirando al piso, distraído, como siempre, con los auriculares mal puestos. Vaya uno a saber qué estaba escuchando.
En eso estaba, con mi costumbre de no usar las veredas, cuando vi unos lentes huérfanos en el medio de la calzada. Nadie a la derecha, nadie a la izquierda, nadie cerca con aspecto de ojos esforzados.
Empecé, entonces, a pensar qué hacer. Hice una lista rápida de los conocidos que vivían por esa zona. Ninguno usaba anteojos.
Los seguí mirando, con más detenimiento y análisis esta vez. Eran lentes de mujer, marco negro de plástico. ¿De anciana o de niña?. De anciana, asumí.
Me imaginé a una señora cansada, a una hipotética dueña preocupada por el costo de los anteojos, pensando dónde los había perdido, sacando cuentas, analizando qué tendría que dejar de comprar este mes para poder pagar la factura de la óptica, que no suele ser barata. La imaginaba deseando que alguien (¿yo?) los encontrara y se los devolviese.
No sé cuánto tiempo habré estado parado, indeciso, en frente de los lentes. Cuando salí del trance y me decidí a agarrarlos pasó una camioneta y los pisó
Comentarios
Publicar un comentario