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La demora espejada. (Título provisorio)


No recuerdo la dirección del edificio, pero me esperaban en el piso 83.
Nervioso, como siempre, como cualquiera que acude a un llamado urgente, reconocí uno de los pocos, ascensores del tan transitado edificio. A los tumbos, corriendo un poco más y pidiendo disculpas, conseguí entrar en el elevador atiborrado.
La gente se fue bajando conforme el ascensor subía, la mayoría antes de los primeros quince pisos. Cuando llegamos al 22 quedé solo. Bajó el penúltimo pasajero, un tipo alto de bigote, al que la edad le había pasado una suntuosa factura. Desde ahí en adelante finalizaban los departamentos corporativos y comenzaban los residenciales.

Al parecer, mi trayecto desde el vigésimo segundo hasta el octogésimo tercero sería unipersonal. O eso pensaba, hasta que paró en el 32. Me ladeé para dejar entrar a quien hubiera detenido al elevador, cada vez más preocupado por mi cada vez más inoportuna demora. Seguí esperando pero no entró nadie. Molesto por la impaciencia del solicitante, toqué el botón que cerraba la puerta. Para mi fastidio cada vez más creciente, desde ese momento la escena se repitió en todos y cada uno de los pisos. El ascensor detenía, como si alguien lo hubiera llamado en cada uno de los niveles, o como si alguien hubiera pulsado la botonera completa desde el interior, pero no había nadie esperando cuando la puerta se abría.

A la décima reiteración ya estaba harto. Decidí adoptar el camino de la resignación y tumbarme en el piso. Recién en ese momento comencé a sentir el cansancio en las piernas que provoca correr tantas cuadras de traje, en un día de pleno sol. Solo en ese instante pude empezar a formular teorías acerca de la incógnita que me llevaba a esa torre de babel contemporánea. Un cliente de la firma al que no había visto nunca llamó a la recepción y solicitó mi presencia inmediata en su domicilio particular. Mi trato con el caballero se reducía a llamadas que tenían lugar a lo sumo una o dos veces por semestre. La administración de sus propiedades y otros asuntos dignos de asesoría legal se resolvían por correo electrónico, no era uno de los clientes más problemáticos. Además de sus asuntos jurídicos, solo sabía que llevaba viviendo un mes en la ciudad. Motivo más que probable por el cuál nunca nos hubiéramos personado todavía. Por todo eso me desconcertó de tal manera su casi pedido de auxilio.

Piso 52. Buen trecho faltaba todavía. Retomé intermitentemente la rutinaria tarea de seguir cerrando la puerta en cada piso. Por más que apreté el 83 con fuerza varias veces, seguía sin avanzar sin intermitencias. A pesar de lo desolado que pudiera parecer el lugar, me constaba que la mayoría de los pisos estaban ocupados, la firma prestaba servicios a varios residentes del condominio. Pero aún así, aunque detrás de las paredes viviera gente, la sensación de vacío persistía y se hacía extraña a la par que intensa.

Con la divagación mental que permiten los tiempos muertos, me puse a pensar en el departamento que me había servido de casa en mis primeros años en ese territorio desconocido, cuando mi preocupación era la falta de trabajo y no el exceso de proyectos pendientes. Recordé el café barato con el que me premiaba cuando conseguía la promesa falsa de una llamada tras una entrevista de empleo. Me resultó extraño darme cuenta de mi casi nula angustia por aquellos días. A pesar del desafío que implicaba llegar al 31 de mes con un décimo de mi sueldo actual, había cierto aroma a aventura que me alentaba a seguir en la cada vez más extensa búsqueda de una firma dispuesta a contratar cadetes o novatos. Los recuerdos de aquel lugar con inquilinos en su mayoría peregrinos y ruidosos se instalaron con firmeza en mi imaginario del momento. Los 24, recién salido de la fábrica de chacales, mejor conocida como la facultad de derecho, fueron una época de caídas libres. Cómo me voy a olvidar del primer viaje, al aeropuerto, del ritmo de la ciudad que al principio me embistió como un tren, de las esquinas imposibles de cruzar, de la emoción de los descubrimientos absolutos, de la tranquilidad de la incertidumbre, de la certeza de saber que todos los días y noches me iba a despertar y acostar a horas distintas. En aquella época me parecía más a una persona que a un reloj despertador, y por primera vez en todos esos años, en ese rectángulo espejado, pude poner en claro lo que hace mucho tiempo suponía. Quería mudarme de la ciudad de los edificios eternos. Quería volver a tener tiempo para demorarme en cocinar, para dar una vuelta más a la manzana por el puro placer de no tener un imperativo en quince minutos. Quería dormir una noche sin bocinazos, sin saludar a un portero de sonrisa forzada al ir y al volver del trabajo, dos veces por día, 10 por semana, 40 por mes, 480, por año, 4800 por década. Decidí, sin más, impulsado por alguna descarga eléctrica misteriosa, dejar la profesión y llevar una vida más rela.... Tiin, el timbre del ascensor... piso 83, Departamento A.
La realidad volvió a manifestarse y tuve que dejar de fantasear para "auxiliar" a mi cliente, que tan urgentemente me había llamado.
Me recibió molesto, yo creí que por mi tardanza, así que mis primeras palabras fueron:
"-Disculpe, el ascensor...
-No se moleste, López, ya sé. Por eso lo llamo- Respondió. - Necesito que mueva los contactos de la firma para que pueda conseguir la presidencial del hotel Paz. Llamé pero me dijeron que estaba reservada. El dinero no es problema, resuélvalo.
Cuando termine con eso, necesito que mueva cielo y tierra para conseguirme una residencia igual o más grande que ésta en el plazo máximo de un mes. La única condición extra es que esté en planta baja.
-De inmediato. En este momento inicio las gestiones.- Comenté con el tono servil con el que se le hablaba a los clientes que pagaban las cuentas de la empresa y mi bono de fin de año. Dudé mis próximas palabras- Si me permite el atrevimiento, y sin intención de ofenderlo. ¿puedo preguntarle algo?
-Claro.
-¿Por qué no se comunicó conmigo por teléfono? Podría haber comenzado a trabajar para resolver su problema en el momento.
-No quería que me tomara como un viejo impaciente y odioso si le contaba los motivos de mi urgencia por teléfono. ¿Vio cuánto demora el ascensor?
Me quita todo el tiempo que tengo para tomar determinaciones importantes.

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