Las almas no tienen pies que se sepa. José Saramago. Los vicios son así, es inútil tratar de entenderlos. José María tenía 35 años, hacía deporte, comía sano, estaba felizmente casado, tenía dos hijas chiquitas, ganaba bien y le gustaba su trabajo. La única mancha en su idílica vida estaba en sus pulmones. José María probó su primer cigarrillo a los doce, aceptando un desafío de su primo mayor, Tomás, que adoraba molestar a sus parientes en navidades y cumpleaños familiares. Como casi todo fumador novato, se vio preso de un ataque de tos tremendo después de la primera pitada. Ataque, que, claro, disparó la carcajada de Tomás. Después de hacerlo un par de veces más para ganar el reconocimiento de su primo y para mostrarse intrépido ante sus amigos, se dio cuenta de que lo disfrutaba. Le gustaban los fantasmas de humo que dibujaban sus exhalaciones, la minúscula luz que se creaba al encender el cigarro, la sensación del polvillo en sus manos, pero por sobre todas las cosas, ...
Comentarios
Publicar un comentario