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PT HM Sampoerna Tbk



 Las almas no tienen pies que se sepa. 

José Saramago.



Los vicios son así, es inútil tratar de entenderlos. José María tenía 35 años, hacía deporte, comía sano, estaba felizmente casado, tenía dos hijas chiquitas, ganaba bien y le gustaba su trabajo. La única mancha en su idílica vida estaba en sus pulmones. José María probó su primer cigarrillo a los doce, aceptando un desafío de su primo mayor, Tomás, que adoraba molestar a sus parientes en navidades y cumpleaños familiares.

Como casi todo fumador novato, se vio preso de un ataque de tos tremendo después de la primera pitada. Ataque, que, claro, disparó la carcajada de Tomás. Después de hacerlo un par de veces más para ganar el reconocimiento de su primo y para mostrarse intrépido ante sus amigos, se dio cuenta de que lo disfrutaba. Le gustaban los fantasmas de humo que dibujaban sus exhalaciones, la minúscula luz que se creaba al encender el cigarro, la sensación del polvillo en sus manos, pero por sobre todas las cosas, adoraba la clandestinidad del ritual. Estaba encantado de, por una vez, contradecir los mandatos de su familia de alta alcurnia. Las mil y un artimañas que tenía que hacer para esconder el tabaco de sus padres y tutores lo mantenían vivo, lo despejaban de su odiada rutina de oraciones, lecciones de piano y de alemán.


Casi sin darse cuenta, a los 14 años ya era adicto. Y se fue perfeccionando en las finas artes del contrabando.

¿Cuánto fumaba? Muy simple, lo que tuviera. En las contadísimas ocasiones en las que pasaba la noche en casa de un amigo, o en algún viaje casual que hiciera solo, era capaz de fumar tres paquetes por día. Como todo amante del tabaco, desarrolló predilecciones por ciertas marcas y ciertos horarios para pitar.


Cuando pasó los 18 y dejó de estar vigilado por tantos pares de ojos, empezó a notar las primeras marcas de su hábito. Cualquier actividad física que lo exigiera solo un poco más de lo normal le suponía un esfuerzo tremendo, y por primera vez sintió un vaho de preocupación.

Después de hacer averiguaciones con su médico, y de comprobar el estado de sus pulmones, decidió dejar de fumar. Y no pudo. Entonces se conformó con limitarse a un paquete por día y a dos los domingos. Cierto es que cuando ya no tuvo motivos para esconderse a fumar el tabaco se le hizo más insípido. Pero claro, siguió fumando por hábito, según él, y por adicción, según su neumonólogo.


Su marca preferida, descubierta en uno de sus incontables viajes alrededor del mundo, era la singapurense Sampoerna. Importaba los paquetes desde Inglaterra una vez por mes, pues en su país no se conseguían. Se aseguraba de siempre tener reservas. Ese método usó durante muchos años, hasta que una nueva disposición aduanera arruinó su mecánica de abastecimiento. Comenzó a conseguirlos a través de favores. A cada conocido que viajara a Europa le encargaba uno o dos paquetes, y correspondía el favor con una buena cena al momento de su regreso.

Josema estaba muy satisfecho con sus hábitos tabacaleros, hasta que se prohibieron los vuelos, y ya nadie tuvo motivos para cruzar el atlántico.


La restricción coincidió con un punto bajo de sus reservas. Distribuyó como pudo los pocos paquetes que le quedaban, pero la ansiedad de saber que no podría volver a consumirlos por un buen tiempo hizo que los fumara más rápido de lo normal. Se resignó a consumir la industria tabacalera tradicional, que él calificaba como paupérrima.

Cuentan quienes lo trataron esos días que estaba insoportable. No podía hacérsele ningún comentario sin obtener una réplica hiriente. A todos les extrañó, pues José María figuraba en el imaginario colectivo como alguien centrado y poco dado a las confrontaciones. Los meses pasaban, y no había ningún indicio de que las autoridades levantaran las restricciones fronterizas.


Como se sabe, por el poco personal, la producción estaba por los suelos en todos los rubros. Y de un día para el otro, casi sin que los consumidores se dieran cuenta, los cigarrillos empezaron a escasear en los almacenes y las estaciones de servicio. José María se vio, sin darse cuenta, en una pesadilla que jamás imaginó.

Resignado, debió volver al sistema que había empleado en la adolescencia: fumaba lo que conseguía. Debió bajar a las segundas y terceras marcas, que le repugnaban, pero que prefería antes que la absurda idea de no inhalar algo. Probó con un cigarrillo electrónico, que destrozó contra la pared después de la tercera pitada por su insoportable artificialidad. Probó comprar el tabaco y armar sus propios pitillos, pero el tiempo que tardaba la confección y la dificultad que suponía liar en esos momentos de ansiedad extrema hicieron que abandonara la práctica al poco tiempo. Por esos días poco le importaba lo que opinaran los demás, y decidió probar con la marihuana. Aunque le pareció más tolerable que los cigarrillos baratos, detestaba la sensación de mareo y la falta de concentración que le causaban los porros. Como a todos los métodos experimentados hasta el momento, la abandonó.


 Se rumoreaba en los diarios y noticieros que la prohibición de los vuelos estaba próxima a concluir. José María había decido viajar personalmente al Reino Unido para abastecerse de toda la cantidad de paquetes de Sampoerna que le fuera posible. Entusiasmadisimo por la idea del viaje, decidió avanzar en su última alternativa, que había decidido no utilizar hasta que la situación no fuese crítica. Abrió la caja de puros cubanos de colección que había heredado de su padre. Eran doce. Los habanos se secan después de algunos años, y es necesario emplear un complicado proceso para volver a humedecerlos. José María invirtió la poca paciencia que le quedaba en esa actividad.

Resolvió fumar uno por día minutos antes de acostarse, para poder conciliar el sueño. Pasaba los días con los nervios de punta, sin poder parar de moverse un segundo, haciendo intentos desesperados e infructiferos de domar la abstinencia.

Contemplaba, lleno de terror, como la caja se iba vaciando sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Cuando ya no sabía qué malabares inventar para soportar su condena, los ministros comunicaron que la liberación de las fronteras y la reapertura de los aeropuertos ocurriría la semana siguiente. Pero a José María le quedaban solamente cuatro puros y el anuncio se hizo un jueves a la mañana.


La apertura se anunció para el miércoles. Inmediatamente, sin tener idea del costo, José María compró un pasaje en el primer directo a Londres en clase ejecutiva.

Ese día, haciendo un terrible esfuerzo de voluntad, preservó el habano diario y disminuyó la ración a uno cada dos noches, para que le quedara uno al bajarse de Heathrow. Pospuso todas las reuniones de las próximas dos semanas y llevó una valija completamente vacía con el objetivo de llenarla hasta el tope de sus adorados Sampoerna.


Ese miércoles, como dictan las costumbres, José María llegó al aeropuerto cuatro horas antes de la salida del vuelo. Despachó el equipaje rápido, sin hacer fila por el rango de su pasaje. Todos los asuntos migratorios estaban en regla. Pasó los escáneres de seguridad, donde tuvo que sacarse el reloj, el cinturón y los zapatos. Estaban los pasajeros prestos a embarcar cuando se anunció que el aeropuerto de Londres permanecería cerrado hasta el viernes por una feroz tormenta de nieve. La compañía pidió disculpas a los pasajeros, y notificó a sus clientes que recibirían un descuento por los inconvenientes causados.

En ese momento, contrario a lo que podría suponerse, José María retornó a la tranquilidad que lo había caracterizado cuando ingería su dosis óptima

de tabaco. Subió en el ascensor hasta el cuarto piso de la terminal. Sacó el habano del bolsillo derecho de su saco y lo prendió. Inmediatamente, una oleada de policías se le acercó gritándole que en los aeropuertos se prohíbe fumar. Sin inmutarse ni prestarles atención, José María se acercó a la baranda, se sentó, le dio una larga pitada a su puro y se tiró de espaldas, con el habano aún en la boca.



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