Marcos, de 20, estaba en el tercer año de medicina, aunque su fascinación por la carrera se remitía a sus 13. Desde esa edad estudiaba rigurosamente los libros que usaban en las facultades, de manera que sus primeros años se habían convertido en un mero repaso, un divertimento.
Paralelamente, gracias a algunos profesores asombrados de sus conocimientos, participaba en varias cirugías. Al principio como mero espectador, después de unos meses como partícipe. De más está decir que esto era una irregularidad y estaba prohibido. Pero, como se sabe, los médicos de renombre son prácticamente dioses en su quirófano, y su palabra es santa. Así que nadie se atrevió jamás a denunciar tamaña infracción.
Marcos era amigo mío desde la escuela primaria. Siempre fue un investigador obsesivo de cualquier tema que llegara a interesarle, y siempre se destacó por no temer a casi ningún riesgo con tal de experimentar.
Ese miércoles nos vimos en un café, como acostumbrábamos. Sin previo aviso ni mucha meditación, decidí proponerle mi idea.
Al principio se rió, creyendo que era una broma. Pero cuando vio que hablaba en serio, una sonrisa cómplice y ambiciosa se le desparramó por el rostro.
Para no extenderme en detalles, simplemente diré que siempre tuve terror a que me internaran de urgencia por apendicitis. Es una de mis muchas fobias. Un buen día, y después de mucho pensar, decidí que una intervención programada terminaría con mi eterno temor.
Así que le propuse la idea a mi médico, quien, lejos de aceptar mi petición, trató de derivarme a un psiquiatra.
Después de hacer un par de intentos más con resultados similares, el plan de acudir a Marcos se me hizo irresistible.
Con mucho menos titubeo del que sería prudente tras una propuesta así, Marcos le puso fecha a la cirugía, dentro de tres semanas.
Me dijo, redoblando la apuesta, que emplearía un método novedoso y totalmente indoloro.
Así pasé los días, en una relativa tranquilidad, pero expectante. Confiaba plenamente en Marcos, pero era imposible, por más certeza de éxito que tuviéramos, no pensar en las posibles complicaciones.
Recibí varias llamadas de los médicos a los que había consultado. Todos estaban preocupados, tratando de averiguar si seguía con mi - según ellos- peligrosa idea. Les contesté a todos que no, pero por el tono de su respuesta intuí que no se tragaron mi mentira.
Entre llamadas, consultas y preparativos, llegó el día. Marcos me citó a las dos de la mañana en el Hospital Universitario. Él, a pesar de parecer un tipo impulsivo y propenso a la sobreconfianza, aseguraba todas las condiciones para que sus riesgosos experimentos tuvieran éxito.
Convenció a unos profesores para que le dejaran usar las instalaciones del hospital con el propósito de hacer algunas investigaciones menores. Estos, que jamás imaginaron el verdadero motivo, no le pusieron ningún pero. Después de todo, no era la primera vez que hacía una petición de ese estilo, y nada malo había ocurrido en las anteriores oportunidades. Todo estaba perfectamente diagramado para que nadie más que nosotros dos supiéramos de la apendicectomía.
Me llevó a un quirófano que todavía no estaba inaugurado. Le faltaban los últimos detalles, entre esos, las cámaras. Para mi sorpresa, no vi ninguna cama al entrar. Mi cirujano amateur, que no se extrañó en ningún momento, me dijo muy tranquilo, y con el típico tono de los profesionales de la salud:
- Él método del que te hablé implica que estés sentado durante la cirugía._
Debo reconocer que mi temor aumentó al escuchar esa frase, y por un segundo pensé en cancelar todo el operativo. Pero, por suerte, logré serenarme. Confiaba totalmente en Marcos y sabía que él, más allá de nuestra amistad, era demasiado exitista para permitirse fallar.
Me desvestí, me puse los guantes que Marcos me pasó y me senté en la silla que mi amigo había dispuesto. No tenía nada de raro, era de hecho, bastante común, pero llamativamente cómoda.
Se puso una mascarilla como las de los pintores, y prendió una especie de máquina de humo que tenía ya preparada.
--Te estoy anestesiando- Me dijo- No te vas a dormir, vas a estar totalmente consciente, pero no vas a sentir nada…
El vapor de la máquina tenía tintes azulados, era una especie de neblina que inundaba de a poco el quirófano inconcluso. Al cabo de unos minutos la humareda comenzó a esfumarse hasta que la habitación retornó a su aspecto normal.
Marcos reemplazó la mascarilla por un barbijo quirúrgico, mucho más cómodo para el procedimiento. Después de haberse enfundado el mameluco azul y los guantes estaba listo para empezar. Yo esperaba encontrarme muy mareado después de haber estado expuesto a aquella neblina azulada, pero no noté ningún cambio en mí. No tenía sueño, podía hablar y moverme con tranquilidad, escuchaba y entendía perfectamente lo que decía mi amigo.
Se sentó frente a mí, en una silla igual a la que yo ocupaba. Después, me roció con un spray en la zona a tratar, y esa fue la primera vez que noté el efecto de la anestesia; no sentí el contacto del líquido con la piel.
Estiró un poco el brazo y agarró el bisturí de la pequeña mesa de instrumentos. Después, con un único y diestro corte abrió mi abdomen.
Esperaba una catarata de sangre que nunca llegó. Marcos no dejaba de sorprenderme. Sin hablarme, sin explicarme nada, agarró mi apéndice con la punta de sus dedos enguantados y empezó a tirar, como si fuera una soga. No pude disimular mi cara de espanto; Marcos siguió tirando hasta que mis vísceras empezaron a salir.
Mirándome seriamente, me preguntó:
-¿Te duele?-
Hice que no con la cabeza y me contestó, con una sonrisa un tanto burlona:
- ¿Entonces por qué parece que hubieras visto un fantasma?
Nos permitimos una pequeña risa. Él tenía razón. Sabía lo que estaba haciendo, y yo no sentía ningún tipo de dolor aunque mi intestino estuviera cada vez más fuera de mi abdomen. Siguió tirando hasta que un buen tramo de mis vísceras sobresalió hacia el exterior. Me pidió que le ayudara a sostener mis intestinos, como si fuera lo más natural del mundo, mientras él se preparaba para, por fin, extirpar mi apéndice. Tomó de la mesa una especie de alicate y sin titubear un solo segundo cortó ese molesto anexo de mi cuerpo, que tantas noches sin dormir me había hecho pasar.
Dejó el órgano extirpado en un recipiente destinado a tal fin y comenzó, muy tranquilo, a volver a mi intestino a su lugar, como si de una simple manguera se tratara.
Cuando terminó, volvió a rociarme con el spray, y en ese mismo momento el tajo de la cirugía se selló por completo.
_¿Ya está?_ Pregunté.
_Ya está._ Respondió Marcos._ Voy a volver a prender la máquina, esta vez te va a dar mucho sueño, es importante que duermas unas horas para que tu recuperación sea óptima. _
_ Marcos...
-¿Sí?
-Gracias por ayudar a un amigo.
Me respondió con una sonrisa fraterna mientras se colocaba de nuevo la mascarilla y encendía la máquina de humo, que esta vez era verde, no azul.
Me desperté, muy cansado, en una cama incómoda, y, a decir verdad, no extrañé la luz blanquecina del quirófano. Volteé la cabeza, esperando ver a mi amigo. Pero entendí que nuestra proeza médica había salido mal cuando vi que estaba esposado a la cama y en un hospital en pleno funcionamiento. Alguien nos había descubierto.
Una enfermera me vio despertar desde la entrada de mi habitación, y a paso tranquilo fue a buscar a un médico. El hombre, alto, ni tan joven ni tan viejo, me vio con esa mirada inquisitiva que usan los facultativos y los policías.
_Buenos días, Manuel. ¿Sabe dónde está?_ Dijo sin presentarse.
Negué con la cabeza y comenzó a explicarse.
_ Muy tarde, anoche, usted llegó al sanatorio en un tremendo estado de violencia. Exigía, gritando a viva voz, que un cirujano le extirpara el apéndice inmediatamente. Se le preguntó si sentía dolor en esa zona del cuerpo. Usted respondió que no, que quería operarse porque no soportaba vivir con el temor de que su apéndice se inflamara repentinamente. Logramos inmovilizarlo y le dimos un sedante que lo mantuvo dormido hasta este momento. Durante la noche, averiguamos que usted había consultado con varios especialistas la posibilidad de someterse a la cirugía. Todos desaconsejaron la intervención y trataron de derivarlo a tratamiento psiquiátrico. Usted logró sortearlo hasta hoy. Pero, en vista del episodio de esta madrugada, no nos queda más remedio que dejarlo unos días en observación. No se preocupe, lo suyo puede solucionarse fácilmente con un tratamiento a base de fármacos. Si todo sale bien, en menos de una semana podrá estar de nuevo en su casa.
¿Desea llamar a alguien?
No pude responder. Al cabo de unos segundos el médico se retiró de la habitación.
Cuando pasaron unas horas y vieron que mis ataques de violencia no se habían repetido, me quitaron las esposas.
Otra enfermera me preguntó cómo me sentía y después me acercó una bandeja de pollo con arvejas y un vaso de jugo de naranja.
Cuando terminé mi almuerzo me dijo que me trasladarían al pabellón psiquiátrico. Ahí, me explicó, estaría más cómodo, pues mi habitación sería un poco más grande y podría ducharme.
Fui caminando a la que sería mi celda por unos días, acompañado de la enfermera. Me mostró la pequeña ducha y vi en una silla de la habitación la ropa que tenía puesta la noche anterior. Tomé una ducha larga que consiguió relajarme. Estaba comprendiendo de a poco todo lo que había pasado. Cuando terminé de bañarme y estaba por vestirme me vi en el espejo. A contraluz, en el costado derecho de mi abdomen bajo, se notaba una pequeña cicatriz.
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