Todos los miércoles de ese marzo soñé lo mismo. Íbamos por una ruta arbolada, hacía calor y estábamos cansados. En un momento teníamos que desviarnos por un corte en el camino, entrábamos a una curva larga y bordeábamos un aeropuerto aparentemente vacío. Nada más en esos sueños era memorable, y si la escena no se hubiera repetido tantas veces, seguramente hoy no estaría contando esta historia. Siempre tuve una conexión especial -quizás una obsesión- con los sueños. Durante toda mi vida me fue difícil dejarlos pasar sin tratar de entenderlos. Más de una vez tomé una decisión importantísima basándome en una interpretación rebuscada de alguna imagen que se me presentó mientras dormía. Mi método me dio (casi) siempre buenos resultados. Pasé muchas horas buscando en internet algún aeropuerto similar, hasta que me convencí de que no existía. Seguramente tomé prestada la imagen de alguna película, o de algún edificio que, por tamaño y forma, pudiera parecérsele. Ese sueño dio pie a otros que ...